Abel habla.
Abel Asvir: «Follarse un cerebro es mucho más placentero»
1. Abel, en Dos amos y un sumiso se te presenta como un hombre seguro, con una vena sádica muy clara. ¿Cómo describirías tu propio estilo de dominio y qué es lo que realmente buscas en un sumiso?
Llámame señor Asvir. Todavía no hemos sido presentados.
El sadismo no es lo que mejor me define. La dominación física me interesa menos que la psicológica. Lo que me atrae es ejercer el poder: marcar el ritmo, tomar las decisiones y dirigir la excitación y el placer de quien ha elegido ponerse en mis manos. Para eso necesito conocerlo, observar sus reacciones y entender qué significa para él ceder el control.
En un sumiso busco honestidad, confianza y una entrega consciente. Quiero que sea capaz de reconocer lo que desea y de expresar sus límites. La intensidad de esa relación se construye entre ambos, aunque sea yo quien la conduzca.
Las reglas se acuerdan desde el principio y se respetan durante todo el juego. Dentro de ese marco me gusta explorar, exigir y descubrir hasta dónde podemos llegar. Y cuando corresponde parar, se para. Quien asume el control también asume esa responsabilidad.
2. Cuando conoces a Carlos, ves en él a alguien listo para obedecer sin cuestionar. ¿Qué fue exactamente lo que te atrajo de él a primera vista y qué viste en su sumisión que otros no veían?
Tenía mirada de perro. Cuando leas Iniciación, entenderás a qué me refiero. Fue lo primero que me atrajo: aquella forma de mirarme, pendiente de mí, esperando una señal. En sus ojos había algo más que disposición a obedecer. Vi el deseo de confiarse a alguien, de entregarle el control de verdad. Eso fue lo que reconocí en él.
Carlos ha sido el mejor sumiso que he dominado. Su entrega tenía una intensidad que pocas veces he encontrado. Parecía no conocer límites, y en alguna ocasión tuve que contenerme para no ir demasiado lejos. Tenía la certeza de que él habría seguido adelante, mirándome como aquel perro.
Esa confianza exige mucho de quien la recibe. Me correspondía saber hasta dónde llevarlo y cuándo detenerme. Para dominar a Carlos también tenía que dominarme a mí mismo.
3. Tú y Jorge os disputáis la voluntad de Carlos. ¿Cómo viviste esa rivalidad? ¿Era solo una competición por el control o había algo más profundo en juego?
Con el tiempo, reconozco que aquello tuvo algo de infantil: dos machos alfa disputándose el mismo juguete. Lo pasamos muy bien los tres, desde luego, pero también había orgullo. A ninguno le gustaba ceder terreno, y la respuesta de Carlos se convirtió en una forma de medir quién tenía más poder sobre él.
Lo que estaba en juego era también nuestro ego. Yo quería tener el control y sabía que Jorge quería lo mismo. Eso alimentaba la rivalidad y, durante un tiempo, formó parte de la diversión.
Después, Jorge dejó de interesarme y dejé de necesitar aquella comparación. Con Carlos tuve todo lo que quise. Aunque, si me preguntas quién ganó… sigo pensando que yo. [Ríe.]
4. En varios momentos se dice que cada encuentro le arrebata a Carlos un pedazo de orgullo. ¿Disfrutas conscientemente de esa destrucción del ego del sumiso o es simplemente una consecuencia inevitable de tu forma de dominar?
Por supuesto que lo disfruto. Forma parte del juego y lo busco conscientemente. Me interesa ese momento en que su orgullo deja de protegerlo y se atreve a reconocer lo que desea. Ahí es donde su entrega adquiere valor para mí.
Cuando digo que su voluntad me pertenece, hablo del poder que él ha decidido concederme. Dentro de lo acordado, me gusta exigir y poner a prueba su resistencia. Pero conserva la capacidad de detener el juego: una negativa no se convierte en consentimiento porque a mí me convenga. Conozco el alcance de mi autoridad y también sus límites. Espero obediencia; a mí me corresponde conservar el criterio.
5. ¿Hay alguna línea que no estés dispuesto a cruzar con un sumiso, o para ti el límite solo lo marca lo que el otro es capaz de soportar?
Sí, por supuesto. Tengo límites propios. La sangre es una línea que no cruzo y la violencia gratuita tampoco tiene sitio en mi forma de dominar. El dolor solo me interesa cuando forma parte del placer y de lo que hemos acordado. El sufrimiento no es un juego sexual.
Que un sumiso sea capaz de soportar algo no significa que yo quiera —ni deba— llevárselo hasta ese extremo. Su resistencia no decide por mí. Si asumo el control, me corresponde tener criterio para ejercerlo.
En cuanto al scat, lo he practicado alguna vez, pero no me atrae especialmente. Haber probado algo no me obliga a repetirlo.
6. Carlos se debate entre el placer, la sumisión y el impulso de complacer. Desde tu perspectiva como amo, ¿qué es más valioso: un sumiso que se entrega por deseo o uno que se entrega porque no puede evitar complacer?
El segundo, por supuesto. Para él, complacer es ya una forma de expresar su deseo. Obedecer puede hacerlo cualquiera; incluso puede representar muy bien el papel. Entregarse es más complicado. Exige exponerse, dejar que el otro vea cuánto poder tiene sobre ti. Eso es lo que me interesa.
Con Carlos, la entrega fue tan absoluta que terminó llevándome a mi propio límite. Yo estaba acostumbrado a explorar los límites del otro y daba por hecho que conocía los míos. Me equivocaba.
Sin destripar las novelas, digamos que descubrí algo de mí mismo que habría preferido no conocer. Y no, no me gustó.
7. En la serie EntregadoX aparecen otras dinámicas muy intensas (como la de Carlos con Albert en Mi primo y Réquiem). ¿Cómo ves esas relaciones desde fuera? ¿Crees que Carlos alguna vez encontrará un dominio que realmente lo complete?
Nunca me gustó demasiado su relación con Albert, y Carlos lo sabe. Pero mi posición en su vida no me daba derecho a decidir con quién debía estar. Tenía claro lo que pensaba y podía decírselo; utilizar mi poder sobre él para condicionar sus relaciones habría sido ir más allá de lo que me correspondía.
Invité a Albert a mi fiesta de despedida aunque no era amigo mío. Quería que estuviera con Carlos. Me pareció que, en aquel momento, tenía que estar presente. Mis preferencias podían quedarse al margen.
En cuanto a encontrar a alguien que lo complete… no lo creo. Tal como yo lo conozco, su sumisión nace precisamente de esa necesidad de un dominio sin límites. Siempre parece quedar algo más que entregar, un paso más que dar.
Yo encontré mi límite con Carlos. No sé si él encontrará alguna vez el suyo.
8. Se te describe como alguien que domina no solo en la cama, sino también en el alma. ¿Hasta qué punto te interesa controlar la mente y las emociones de un sumiso, más allá del cuerpo?
Ya lo he dicho: para mí es fundamental. Los cuerpos son solo carne; follarse un cerebro es mucho más placentero. Me interesa cómo piensa, qué desea y qué le cuesta admitir de sí mismo. Conocer esa parte de alguien y recibir su confianza es lo que da profundidad a la entrega.
También reconozco algo: cuando consigo esa entrega total, generalmente el sumiso deja de interesarme. Buena parte de lo que me atrae está en el proceso de descubrirlo, en la incertidumbre, en lo que todavía se reserva. Cuando siento que ya no queda nada por conquistar, mi interés se apaga. Es una contradicción que conozco bien.
9. Al final de la historia resulta difícil saber quién disfruta más: el amo o el sumiso. ¿Tú tienes clara la respuesta? ¿Quién crees que obtiene más de esa dinámica?
No lo tengo claro, y Carlos y yo lo hemos hablado muchas veces. En ocasiones le he dicho: «Eres tú quien me ha dominado con tu entrega». Y lo decía en serio. Su manera de entregarse tenía un poder sobre mí que yo no había previsto.
Yo tomaba las decisiones, pero él influía en mí con esa disposición a seguirme. Me obligaba a enfrentarme a mis propios deseos y a decidir hasta dónde estaba dispuesto a llegar. Era una sensación muy particular: como dominarme a mí mismo a través de otro cuerpo.
Por eso me cuesta decir quién obtenía más. Yo sé lo que recibía de él; lo que Carlos recibía de mí tendrá que contártelo Carlos.
10. Si pudieras hablarle directamente a Carlos ahora, después de todo lo que pasó entre vosotros dos y Jorge, ¿qué le dirías? ¿Le darías una última orden o le dejarías libre?
Puedo hablar con Carlos cuando quiera. Seguimos en contacto y nos llamamos de vez en cuando. Lo que hubo entre nosotros no terminó en silencio.
Y sí, me encantaría volver a follar con él, ver qué ha aprendido durante estos años y descubrir cómo nos entenderíamos ahora. Quizá algún día tengamos ocasión.
¿Una última orden? No daría por hecho que fuese la última. [Sonríe.]
Gracias por la entrevista. Ahora sí, puedes llamarme Abel.



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